¿PAPEL MOJADO?
Nueve bebés y seis adultos fallecidos en su intento de entrar en España. Los ocupantes de la patera en que viajaban han tenido que ir tirando los cadáveres de sus catorce compañeros de viaje al mar, entre ellos sus propios hijos, según iban muriendo tras cinco días de travesía.
El día en que iba a escribir este artículo esta fue la primera noticia que oí por la radio, la información de unos hechos que reflejan la situación cruel e inhumana en que viven millones de personas en todo el mundo. Hablar de derechos humanos es complicado teniendo esta tragedia humana en la cabeza. Lo primero que te preguntas es ¿por qué?, para a continuación pensar, ¿son todas estas declaraciones y compromisos internacionales algo más que papel mojado?
La Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1948, tiene como objetivo garantizar la protección de los derechos fundamentales de todas las personas y establece el compromiso de los Estados miembro de garantizar estos derechos y libertades.
La Declaración también establece, en su artículo 1, que todas las personas nacen libres e iguales en dignidad y derechos. Situaciones como la que hemos mencionado al principio son un reflejo claro de que aún estamos muy lejos, sesenta años después, de que ese deseo sea una realidad. La salud es uno de los ámbitos donde más se hace patente la desigualdad imperante en nuestro mundo.
La salud es, o debería ser, un derecho humano sin fronteras, reconocido por la comunidad internacional como un derecho inalienable para todas las personas. La propia Declaración de los Derechos Humanos reconoce en su artículo 25 que “toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios”.
LA SALUD ES UNO DE LOS ÁMBITOS DONDE MÁS SE HACE PATENTE LA DESIGUALDAD IMPERANTE EN NUESTRO MUNDO
El panorama que nos encontramos hoy día, a pesar de que en los últimos años parece que ha habido avances, nos sitúa muy lejos del ideal plasmado en la declaración: En 2007 se estimaba que vivían con el virus del SIDA 33,2 millones de personas, otros 2,5 millones de personas se infectaron y 2,1 millones de personas fallecieron como consecuencia del SIDA; el 68% del total mundial de personas infectadas, vive en África Subsahariana. La malaria afecta cada año a entre 350 y 500 millones de personas, causando 1 millón de muertes; el 90% de estas muertes se produce en África Subsahariana y la mayoría en niños. En 2004 se produjeron casi 11 millones de muertes en menores de 5 años, casí 30.000 muertes al día. El sarampión, aunque está disminuyendo, causa cada año 600.000 muertes y produce graves secuelas, como ceguera y sordera. El 99% de las muertes por sarampión tiene lugar en los países en desarrollo. Es la enfermedad prevenible por inmunización que más muertes produce en los niños, algo inadmisible si tenemos en cuenta que la vacuna es segura, eficaz y barata. 500.000 mujeres mueren cada año durante el embarazo o el parto; el 99% en países en desarrollo.
Cifras, cifras y más cifras, ¿qué pasaría si le pusiésemos nombre y cara a cada una de estas personas? ¿Podríamos quedarnos tranquilamente sentados en nuestro sofá? ¿O quizá habría llegado la hora de exigir responsabilidades a nuestros gobernantes para que las declaraciones se conviertan en hechos?
La salud es un bien público global y, por tanto, responsabilidad de los estados. Gozar de buena salud es necesario para un disfrute efectivo de los derechos humanos, pues, como se afirma en el informe sobre La salud en la cooperación al desarrollo y la acción humanitaria (2005)[1] el derecho a la salud está relacionado con otros derechos civiles y políticos como la igualdad y la no discriminación, económicos sociales y culturales como el derecho al trabajo, la alimentación y la educación y con derechos de los pueblos, como el derecho al desarrollo.
Pero además, conseguir que todas las personas gocen de buena salud debería ser una prioridad para todos los Estados, con lo que encontramos la doble dimensión de la salud: como objetivo y como herramienta para el desarrollo.
LOS ESTADOS ESTÁN OBLIGADOS A DAR RESPUESTA AL RECONOCIMIENTO UNIVERSAL DE LA SALUD COMO UN DERECHO HUMANO FUNDAMENTAL
Si queremos que todos los pueblos puedan desplegar todas sus capacidades y hacerse dueños de su propio desarrollo es fundamental gozar de una buena salud. Una persona sana puede desarrollar con plenitud su actividad productiva, además de tomar más partido en los procesos de cambio y participación social. Una persona sana es una carga menos para su familia, que también ve mermada su economía por el coste de los tratamientos y el hecho de que haya familiares que no puedan trabajar para estar con la persona enferma. Cuantas más personas sanas haya en un país, menos recursos tendrán que dedicarse a tratamientos y cuidado de los enfermos y más podrán dedicarse a otros servicios públicos. Una buena salud aumenta además las posibilidades de escolarización, y por tanto de aprendizaje, de niños y niñas.
Pobreza y falta de salud están estrechamente relacionadas. Por un lado, muchas de las carencias que sufren las personas que viven en situación de pobreza incrementan el riesgo de sufrir enfermedades. Una mala alimentación, falta de conocimientos sobre higiene o de acceso a agua en buenas condiciones hacen a las personas pobres más vulnerables ante la enfermedad. Una vez que la enfermedad llega, la situación se agrava además por el hecho de no disponer de recursos económicos, lo que dificulta su acceso a los servicios de salud.
NUESTRO PAPEL COMO CIUDADANOS NOS OBLIGA A EXIGIR A NUESTROS GOBERNANTES QUE CUMPLAN LAS PROMESAS QUE HAN REALIZADO
La comunidad internacional está obligada, por tanto, a colaborar con los más desfavorecidos para mejorar sus condiciones de salud. Hay razones, como hemos visto, de índole económico, pero también las hay éticas, morales y de justicia social, que son las que nos deberían guiar: Los Estados están obligados a dar respuesta al reconocimiento universal de la salud como un derecho humano fundamental y deben poner los medios para que ese derecho se pueda hacer realidad. Además, nuestro papel como ciudadanos nos obliga a exigir a nuestros gobernantes que cumplan las promesas que han realizado y los compromisos adquiridos, como son los reflejados en la Declaración del Milenio, la de más calado en los últimos años con respecto a la reducción de la pobreza.
750 millones de personas no tienen acceso a los servicios de salud. Una sociedad que permite la injusticia, como lo es la nuestra, no es una sociedad sana. Hagamos lo posible para salvarla. Aún estamos a tiempo.
Francisco José Vega
[1] La salud en la cooperación al desarrollo y la acción humanitaria (2005). medicusmundi, Prosalus y Médicos del Mundo.
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